Lectura de AZAHAR de Alexis Naranjo por Ana Minga


Presentación del libro Azahar de Alexis Naranjo.

En buena hora cayó Azahar en mis manos mientras trabajaba en una oficina incierta. Con lo primero que me topé es con una cita del I Ching: “Sobre la montaña hay un árbol: la imagen de la evolución…”. Desde allí, intuí que no era un libro para leerlo entre gritos laborales, sino en la calma, pues todo árbol es sabio hasta cuando muere, ya que lo hace de pie, como indica Tolkien.

Cuando escucho que la poesía no sirve para nada, dudo, puesto que es una forma de conocimiento cercana a la filosofía. Esto nuevamente lo comprobé en los 33 poemas de Azahar, divididos en tres partes por fragmentos poéticos de Jorge Carrera Andrade.

Cada línea de Azahar invita al lector a reflexionar. De entrada, en el poema Exordio, se plantea: “…llaga vuélveme señor / intolerable afrenta / despiadado tormento / en todo ello tórname te suplico / mas no me vuelvas palabra / mas no me tornes poema…

Y más abajo la súplica es otra: “rehúsame hogar patria y templo señor / albedrío y certeza / todo ello niégame te imploro / mas no rehúses mi palabra / más no me niegues el poema”. Magnífica contradicción para un creador, siempre y cuando no sea comentada al médico tradicional, pues se corre el peligro de obtener una lista de medicamentos para la cabeza…

César Dávila Andrade, personaje citado en el libro, también apuntó en su poema Profesión de Fe: “No hay angustia mayor que la de luchar envuelto / en la tela que rodea / la pequeña casa del poeta durante la tormenta… Pero la voluntad del poema / embiste / aquí / y / allá”.

Luego, la voz del árbol que yo imaginaba en la lectura deja en evidencia un entendimiento sabio de su alrededor y se conecta con un más allá, con otros mundos, y plantea reencarnaciones de la mano de creadores valiosos para la historia, como Su Dongpo, uno de los intelectuales más famosos de China, quien tras padecer varios exilios por criticar al poder y sus abusos, se inclinó hacia el Confucionismo, el Budismo y el Taoísmo. Es sugerente la reflexión que de él encontré: “Todos quieren tener un hijo inteligente, pero la inteligencia me ha arruinado la vida. Así que quiero que mi hijo sea tonto y estúpido: sin penas ni penalidades, llegará a ser ministro”.

El que Azahar esté acompañado por estos personajes no constituye pretensión ni adorno para confundir la palabra sencilla, limpia, no simplona; más bien, es conocimiento hecho poesía.

La poesía, entonces, ha servido para algo, incluso para detener la violencia, pues la mente revuelta por ideas, bien puede salir a la calle y matar a unos cuantos, pero no, más bien se recoge en algún rincón y escribe: “…no asistiré esta noche a la casa de las analectas /sino que brindaré con Su Dongpo y César Dávila Andrade / por la alegría y el dolor / más antiguos de la tierra”, como menciona Azahar.

Dicen que el individuo no puede vivir solo, a veces dudo si eso es bueno o malo, pero lo dejo para después; si el individuo está vinculado a un entorno, significa que tiene anclajes. Entonces, como lectora de Azahar, encontré algunos, pues el conocimiento también levanta emociones. Así, el poema Nonagenario nos revela estos pasajes: “yo era ya viejísimo cuando naciste / padre… / el cansancio era para ti alegre alimento / agua canora la sed / secreto elíxir la enfermedad / yo era ya viejísimo / cuando de pura fatiga aumentabas cargas sobre tus espaldas / cuando sediento dabas de beber a tus orquídeas / cuando enfermo ofrecías salud a tus pacientes / yo era ya viejísimo / cuando vi por primera vez rodar lágrimas de tus ojos / y era que evocabas / cuánto debías al hada de tu hado / yo era ya viejísimo / cuando ella quiso unirse contigo para siempre.

Con estos versos recordé a mi padre, su sensibilidad, las tardes en las que, cómo árbol, veía los colores de su alrededor, mientras yo lo observaba como niña vieja que forraba los libros que él me regalaba, a fin de leerlos sin problemas, pues vivíamos vigilados por buitres que esperaban nuestra muerte para mandarnos al cielo o al infierno.

A Azahar, primero por ser libro, luego por su carga simbólica y mística, me lo habrían prohibido, y más si leían el poema Onán: “por mucho que te obliguen/ desobedécelos / no escuches al patriarca / no acates las órdenes divinas / más bien toma a tu siniestra hasta dar / con las exequias de tu hermano / y deja entonces que se aclare tu día / antes de seguir a tu diestra hasta dar con la viuda que te han destinado / entiéndeme / ella acogerá tu rijosa rebeldía / ella te gozará aunque tu simiente a tierra caiga…”

Por lo demás, frente a una iglesia, los poetas son mal vistos, peor si mencionan al pintor chino Shitao, quien en cita de Azahar busca la vía “para alcanzar la verdadera locura.”

La voz del árbol que imaginé al leer este libro, tiene una visión amplia de la vida y respira esperanza, pues también hay otra voz que lo ayuda, ella, “cuyos ojos desde hace tanto supieron ver más adentro y más lejos en las rutas del amor y de los hijos”.

Pero ¿quién escribe en Azahar que “las nubes blancas se asemejan al hombre que las contempla”, que “el mezcal es el ángel del poeta en la noche de los tiempos” y que aquí se quedará “aunque aprieten procesiones y turbas?”. Es Alexis Naranjo, quien tiene una admirable trayectoria en la literatura, trayectoria que supera límites territoriales. Cuenta con varias publicaciones, una de ellas Sacra, libro que ganó el Primer Certamen de Poesía Hispanoamericana “Festival de la Lira”.

Podría decir muchas cosas de él, pero me quedo con la certeza de que es un buen ser humano y un poeta serio. Sus textos son reflexivos, por lo que no caben las sugerencias que realizan ciertos organizadores de eventos literarios: cuando uno va a leer poesía, salen con expresiones como: “eso no más va a leer” o “no va a hacer algo más, vea que le damos espacio si tiene programada alguna otra actividad…” y uno se queda con la interrogante de ¿qué otra actividad querrán, tal vez luego del poema sea bueno contar un chiste…?

En suma, esta poesía no es para lecturas rápidas, pues su autor ha escogido la más complicada de las tareas: pensar.

Ana Minga
Escritora y periodista de investigación.

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