Dos miradas distintas sobre JARDÍN DE ARENA de Cristóbal Zapata


Con estas dos reseñas nos vamos preparando para participar en la Feria Internacional del Libro de Lima, la misma que se llevará a cabo desde el 22 de julio al 1 de agosto y cuyo invitado de honor es nuestro vecino del norte: Ecuador. Ahí nos vemos.


A LA ORIGINALIDAD POR LA TRADICIÓN: Nuevo libro de Cristóbal Zapata

Por Víctor Coral

Jardín de arena (Cascahuesos, 2009), del poeta ecuatoriano Cristóbal Zapata, se plantea como una vuelta a la margen segura, tradicional, referencial de la poesía; pero esta impresión, como lo sugiere José Kozer en el prólogo, puede solo ser otra ilusión. El yo poético se entrega sin veladuras, con ritmo límpido y si aspavientos a una celebración de la poesía y, sobre todo, de los poetas que a él más lo impresionan; por otro lado, hace un split de símbolos, de guiños a lo cotidiano, a lo zen, a lo trascendente, que de tan sutiles apenas entrevuelan a los ojos del lector común.

El poeta ha querido, siguiendo a Kozer, “armar un rostro de prismas que se desintegra reintegrándose desde una constante poética que tiene como propósito implícito, tal vez inconsciente, alcanzar la originalidad por la vía de la tradición, de la recombinación participatoria de los numerosos jardines que conforman a estas alturas la historia de la escritura”.

Muy cierto. Pero también el yo poético se atreve a perderse en el enmarañado de sombras y amenazas que es el jardín nocturno, ese que esconde historias, secretos y sucesos negros como el que sucedió al poeta César Dávila Andrade, muerto por agua y ebrio de poesía y de vida y de muerte. Aquí el hermoso poema que Zapata le dedica:

EL AHOGADO
(CÉSAR DÁVILA ANDRADE)

Yo fui el que cayó una mañana
en el desaguadero público
y conoció el aroma animal de los hombres.
El que trago por todos
—los ortodoxos, los bienpensantes y los cuerdos—
la mierda y los efluvios,
el que trajo para ellos
las sombrías noticias del subsuelo.

Con el tiempo supe
que ese sería yo:
un sobreviviente,
un sobremuriente.

¿No es eso un poeta,
quien absorbe a la luz del día
el miasma
y los flujos corruptos de la ciudad?

Fuera de los pordioseros que se recogen
bajo el puente
y de algunos noctámbulos que bordean las orillas
nadie me ve.

Soy esa cabeza de bronce
que reluce en la superficie del río
iluminada por la luna capicúa
o los mortecinos focos del alumbrado municipal
—como un Centinela de la Noche Antigua—.
En el verano me alimento de tallos y hojas secas,
en el invierno, de los banquetes reales
que traen las crecidas.

Una cabeza a punto de ahogarse o salvarse.
es difícil saberlo,
hasta de muerto.

El cadáver de Dávila Andrade estaba lleno de mundo (Vallejo dixit); la poesía de Zapata también, sobre todo en esta última entrega que mezcla tradición y modernidad en dosis edificantes.

* Tomado del blog LDL.


DEL AUSTRO LÍRICO Y EL DÍA EN QUE SEÑOREA EL LIBRO

Por Luis Carlos Mussó

A nuestras manos han llegado algunos títulos provenientes del austro del país. Ahí destacan claramente dos, por la cuidadísima edición y por la calidad de sus textos. Son ellos La leña del fuego y Jardín de arena. El primero es el Nº 5 de la colección Último round, del Núcleo del Azuay de la CCE, 2009, de autoría del cañarejo César Molina Martínez (…).

Jardín de arena es, a su vez, el Nº 5 de la colección Pájaro de cera, de Cascahuesos editores, de Arequipa, y vio la luz en 2009. Pertenece al poeta Cristóbal Zapata (Cuenca, 1968). Algo de sabiduría serena se deja leer en las 57 páginas de esta entrega. A algunos puede llegar a fastidiar en su particular lectura el hecho de que el autor suele acompañar sus poemas con unos minúsculos prefacios que brindan un contexto. En efecto, el poema debe explicarse por sí mismo, pero Zapata nos ha habituado a aquella suya forma de escritura. Su discurso sabe lo que es el proceso de brindar y escamotear a intervalos. Zapata, desde su Te perderá la carne ha demostrado que es capaz de poetizar sobre cualquier tema, convirtiendo la existencia misma en material para los poemas. Nuestro poeta se sabe deudor de la tradición, pero mientras pone un pie en ella, con el otro busca, interroga y se adentra en las palabras en pos de esa renovación que la poesía de buena ley incorpora al idioma. El instante como espacio que trasciende se puede ver en La rueda moscovita: “Jamás sospechamos que un día / ni mi mano ni la tuya / nos salvarían de caer en el abismo, / ese agujero umbroso y baldío / que con tanta pureza y abnegación fabricamos”. Y en El ahogado, homenajea a César Dávila Andrade: “Con el tiempo supe / que ese sería yo: / un sobreviviente / un sobremuriente // ¿No es eso un poeta, / quien absorbe a la luz del día / el miasma / y los flujos corruptos de la ciudad?”. Un manojo de textos mediante los que se asienta una voz que lleva dos décadas en este trajín.

* Tomado del diario El telégrafo de Ecuador del 02-05-2010.

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