Saldívar, el Segundo



Edificaciones trashumantes, se muestra (contrario a sus contemporáneos) como una exposición de madurez y talento que se adquiere con las lecturas y el paso de los años. En todas sus páginas el autor intenta devolver todas aquellas vivencias a una reinvención plena de interesantes metáforas y un discurso que reflexiona sobre el trágico diario existir.

Pareciera que Saldívar anduviese incómodo con su existencia o sepa muy bien transmitirlo a su yo poético, ya que lo primero que encontramos en el libro, y de lo que más abunda, es la trágica noticia de la materia que perece: Esta osamenta / Pagana e insepulta / Es una fábula / Una balsa que agoniza. Esta lectura se puede verificar en el poema “III”: El cuerpo es una mortaja lista y dispuesta. Y es que Saldívar lleva todo su discurso por este mundo de las insatisfacciones y tormentos, a veces el yo chancea con el final (la muerte) sin embargo aparecen nuevos versos que nos manifiestan ese estado de insatisfacción, de sobre interés acerca de lo que le molesta que parece ser una realidad a la cual estuviese obligado a vivir. Sería bueno saber si es que el poeta Juan Yufra se aferró a esto para comentar sobre este libro que se trataba de una aparición desde la periferia, pues sino nos encontraríamos en la disyuntiva de saber si está hablando de una periferia geográfica o de canon literario, de tratarse de lo segundo, yo considero que esto no existe en ninguna, mal apodada, provincia del Perú.

Algo que me parece interesante es como todas estas ocurrencias que padece el yo, pueden ser transcritas en un verso simple muy técnico tal como: El ejercicio ordinario / De vivir / En el circuito quemado / De artificios y artefactos. Pues la vida es esto mismo o se está convirtiendo en esto mismo, por eso cualquier lector reflexivo se reconocería en las páginas de Saldívar sin mayor esfuerzo, ya que viendo la realidad que nos toca vivir (de tecnología que aparece y desaparece, donde el dinero resulta ser lo más importante, donde las comunicaciones te invaden hasta la intimidad y donde se ha perdido el mínimo respeto por el derecho ajeno) podríamos también angustiarnos, quejarnos y protestar.

Al final encontramos un verso que me explica un poco la técnica con la cual trabajó el autor: Ensuciada la dulzura / Me afeito la tristeza. Este verso coloquial y divertido, puede tener sus influencias más importantes en Oquendo de Amat, pero a su vez es una utilización muy de fines de setentas.

El yo se aferra a su vivir empuñando una cometa que ha perdido la cuerda, pues sabe que esta nunca podrá volar o vuela pero es inalcanzable.

En fin, se trata de un libro el cual es un conjunto sólido de textos melodiosos y cuyos versos han sido finamente pulidos aunque abandona el experimentalismo con el cual nos regaló Saldívar algún día.

Comentarios

LuchinG ha dicho que…
Oquendo de Amat vuelve de la tumba en Historias asombrosas.