“Postales” de José Gabriel Valdivia por Alfredo Herrera


Valdivia: Postales para sobrevivir

El siguiente artículo se publica en varios diarios, en la columna de El barco ebrio, y es un adelanto de un estudio más completo, como merece el último libro del poeta arequipeño José Gabriel Valdivia.

Las postales son, desde hace mucho tiempo, un recurso de comunicación en el que se combinan por lo menos tres aptitudes, o capacidades para transmitir al destinatario un sentimiento. Capacidad de síntesis, para usar las palabras necesarias y justas que traduzcan la emoción del remitente, pues sabido es que la postal no es más grande que una tarjeta; tratar de dar un mensaje esperanzador, decirle al otro que no importa dónde esté pero está bien, aunque entre quien escribe y lee se desgarren extrañándose; finalmente, hay que hacer llegar la postal por correo tradicional, con estampilla, es decir, que el cartero toque la puerta de la casa para entregarla personalmente.

Adicionalmente las postales combinan la fotografía, especialmente paisajista y costumbrista, del lugar de donde se envía, y con el tiempo se han convertido en piezas de colección debido a su cada vez menor uso por la facilidad de las comunicaciones electrónicas y el teléfono. El poeta José Gabriel Valdivia recurre, sin embargo, a esta mínima forma de expresión para hacernos llegar una reunión de poemas bajo el título de, precisamente, Postales (Cascahuesos editores, Arequipa, 2008) y cumple, satisfactoriamente, por lo menos dos de las aptitudes mencionadas, la capacidad de síntesis y concentración del mensaje, y el de transmitirnos sus emociones.

Este recurso no es novedoso, el propio Valdivia lo ha ensayado antes en su poemario Postales peruvianas (1994) y su destreza para desenvolver poemas en versos cortos la ha manifestado desde sus dos primeros libros: Grafía (1984) y Versolínea (1985). Al mismo tiempo, debo adelantar que este libro, Postales, conserva la peculiar manera de organizar los versos que ha emparentado a Valdivia con algunos poetas de la denominada generación del 50, especialmente con Leopoldo Chariarse, Juan Gonzalo Rose y, en menor medida, con Jorge Eduardo Eielson.

Como ejemplo, dice Chariarse: “En desvanes vacíos la noche te conserva / escondida en el hálito antiguo, grisáceo, del armario / o en la torva cocina que duerme bajo el polvo…” (Los ríos de la noche, 1952), y Valdivia escribe: “Sorda al alba con ajuares de espigas i vellones merinos entibiaste tus pechos como alhajas Y sobre electrónicos abismos encargaste el planeta por que yo gatee tras unos pasos de viento” (Rosa de cera, p. 31).

José Gabriel Valdivia posee además riqueza verbal, que le permite explorar formas más complejas para organizar sus versos, sin afectar el mensaje emotivo que los inspiran. Así, en Postales se puede rastrear diferentes estados de ánimo del poeta, desde el profundo dolor de la cercana muerte de un niño: “Si tu horizonte en una llaga se consume o las cenizas de una sonrisa llora ese cielo de hierbas No pierdas el sentido de lo que vive y no ha muerto todavía Tampoco olvides el tiempo perdido por tus padres en amarse a solas i escondidas” (Vena mía, p. 21), hasta la exaltada emoción de descubrir la belleza: “Como esas flores te miran así te he mirado siempre con los ojos del que siente –por primera vez– la luz i la hermosura” (égloga 2, p. 53).

El libro cumple también la formalidad de mostrar un conjunto coherente y equilibrado de poemas breves, que a su vez se agrupan bajo sugerentes temas, y es lo que al final le da al libro una unidad que José Gabriel Valdivia ha ido buscando a lo largo de sus anteriores libros. Pero además hay un importante mensaje tranquilizador, más allá de lo que quiera transmitir el poeta en su intimidad (que solo a él le pertenece), un encargo que llega al lector como precisamente llegan las postales de un amigo que creemos perdido en algún puerto innombrable o un remoto pueblito, y lo que nos pide son solamente unas pocas palabras de respuesta, porque no solo necesita decirlas, sino, sobre todo, escucharlas. José Gabriel Valdivia nos resume en este libro que el decir en una postal, desde muy lejos, “estoy bien”, es también decir “auxilio”.
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Tomado del blog La silla prestada del poeta Alfredo Herrera.

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