BARRIDO DE CAMPO de Juan José Rodríguez: IMÁGENES Y FONDOS


Por Ángeles Martínez

Antes de arrancar un libro, solo impresiones, un nombre que dice y no dice, la sobredosis de imágenes que contiene, la interesante editorial peruana Cascahuesos Editores a donde han fugado, sin que eso significa fuga, las letras de grandes escritores ecuatorianos vivos, de un tiempo acá; queda demostrado que se ha roto la frontera que hace poco nos rompía a unos y a otros, ecuatorianos, peruanos, la misma cosa.

En mis manos, imagino una edición cuidada, dentro: lo que sin filaterías se entiende por prosa poética ¿Pero, qué misterios? Sé de la delicada, envidiable, habilidad para las metáforas de Juan José, tiempo hace de conocerle de vista, de leídas, de cruzar algunas palabras.

Recuerdo la última conversación, quizá primera, en la Feria de Libro en Quito, hace poco, donde después de tanto transitar por recitales y ciudades pudimos, sí para eso se necesita tiempo en algunos casos, charlar amigablemente, con cierta camaradería, porque no todos los poetas, y Juan José es el caso —va a reírse supongo-espero— buscan hacer amigos por ahí como si la vida fuera una sucursal del facebook; cosa que me alegra.

De su conversación: su revista “Ruido Blanco”, su trabajo de traductor del francés, su espíritu glocal, ciudadano tan de aquí, tan de allá. Toda una enciclopedia de escritores que valen la pena leerse, hablamos de los que todavía no descansan para siempre, esa noche, que creo suelen ser más difícil de rastrear ¿datos? Profesor universitario, se me cruza el énfasis frutal que puso otro colega, para recordarnos que comparte lugar natal con el gran Adoum; de tierra fértil Juan José, se fue caminando por una capital, misteriosamente, sin su niebla… y ahora llega su libro, llega, desde el Perú a Cuenca.

Se cierra la tapa del libro: impresiones, eso queda después de la lectura, descartemos las primeras… recorramos mentalmente, esta maraña en la que Rodríguez nos han involucrado, hasta hacernos explotar no sólo las células… inevitable encontrar su erudición, su conocimiento cultural que esta vez coquetea con las palabras de la medicina y la química.

No es un libro fácil, no me voy a poner inventar adjetivos rimbombantes, ni a traer a García-Canclini, para explicar nada… no es halago, no es vituperio, es verdad, exige, nos pierde en viajes mentales, marca por instantes mapas internos complejos, como lector parece en instantes: 16 de junio, 16 de junio, 16 de junio… ¡Ay, Joyce! ¡Por instantes!… Y su dificultad no está sólo ahí, te exige porque está atravesado por el conocimiento que succionó de la cultura y que bien puede aleccionarnos, si es que queremos que así sea.

En fin, a un libro de poesía, no se puede, ni se debe hacer la autopsia, espero no caer en acercar mi bisturí a la delicada poesía y pensamiento que late bajo esta tapa semirígida. Pero el libro se debe a un lector, y éste, especialmente, exige un lector maduro, no sé si soy eso, no me importa mucho, pero sé que poseo la sensibilidad que me permite, un poco así por naturaleza, transgredir lo que se espera que se diga, dar unas opiniones.

El libro dividido está divido en seis, quizá sólo cinco partes y una especie de conclusión irónica.

En “De tu dialecto” inicia con ambigüedades filosóficas, un páramo-relativo, un cielo-prótesis, un viaje, no está claro por dónde, no, ni con quién, sí hay una mujer que parece maneja a quien maneja, pero después desaparece en el libro. Entonces, la primera pista que dejo: no es un libro-lamento ni oda, al ser amado… el paisaje que puede ser idílico aparece marcado como “un cielo como un campo (de polietileno)” ¿Dónde va el poeta? No importa, lo grave para el lector es a dónde va él con esa lectura… “cuerpo del final / cielo del final /este lugar es pérdida / no hay lo escrito / no hay por llegar. / Out”. (Out… que después a lo largo del libro iremos comprendiendo por qué aparece de manera más o menos constante: es un apagarse, un irse, un antidepresivo, algo que nos saca mediáticos y deprimidos a ningún lugar, es como un negro, un desenchufarse… out).

De pronto las letras describen “tinnitus”, ruidos en el oído, y en Cuerpo Presente: “Una pelota de playa botea en la sala y es mi amiga. Hay velocidad de los cielos en mi sangre. Describo una luz sin fondo: un sol de pared. Ventana. Soy un cuerpo fracasado” (14), y luego, salto: “El silencio. Este cuerpo es una reja sabiamente destruida… perdóname por estar aquí…”. El poeta no logra concentrarse en el paisaje, siempre mira hacia dentro y se encuentra con la ciencia, con algo que no va bien en su adentro, siempre hay una mirada con fiebre… retrovirus, glóbulos que pelean:

“Empecé como una vieja caracola. Concentré cada mundo en un fosilizado átomo. Luego, la enfermedad colocó sus células en cada célula de mi cuerpo único. El río regresó como un hecho metódico para salvarme. Aunque la enfermedad indujo terribles formas en cada esquina de mi cuerpo inútil”.

La prosa poética de manera recurrente termina y pequeños versos desnudados de prosa, juegos rítmicos, no descriptivos, sensitivos… quizá. El mecanismo del cuerpo no funciona del todo, insistencia, preocupación: el poeta quiere que la bicicleta se convierta en caballo, la gravedad está en su médula… en lo más profundo, lo repite incansable, nos enferma también, eso quiere seguro, eso quiere y nos estornuda los versos encima. Sus juegos son hábiles en reiteraciones, como en algunos títulos: Por ejemplo, “ETIQUETA DE IDENTIDAD, Versión única, final” aparece varias veces… (3 o 4), ¿enfermo y desesperado es que todavía puede reírse?… no exactamente, más bien parece otro síntoma, relacionado con el pensar la in-existencia: “Tanta gente se llama como yo en este páramo extranjero”, se trata de descubrirse alguien-cualquiera… pero siempre los ganglios, los químicos, las pastillas.

CORTE RESPIRO y llegamos con las justas: “Álbum del autor”, retratos de retratos, pinturas poéticas sobre cuadros que no dejan de ser inquietantes. El escritor-protagonista de pronto, abruptamente, deja el campo, la enfermedad, y mete al lector en un museo donde ha preparado una selección inquietante. Desfilan versos EGON SCHIELE, Mujer sentada con la pierna izquierda levantada, 1910. Erotismo puro y del bueno: “Desde la vulva entrevista y las bragas cubiertas, transparentes: el altar del inocente”. Y pasa la mirada a la impresionante noche de MAX BECKMANN: “Mira cómo te rompen el brazo. Gimes. Estoy detrás. Tal vez. La mujer de vestido rojo dónde mira. El cuadro en polvo, chorreado. La mujer de rojo dónde mira. La mesa, el sombrero en el piso. Sientes la presión: la mujer de corsé abierto: mi ignorancia”.

Y sigue, con la In-armonía de HOFMANN, escribe con los Tres estudios de cabeza humana, FRANCIS BACON, cuando se llegamos a esa obra del 86, GOTTFRIED HELNWEIN Artaud’s Song, me viene la frase de artista pintado. Dice Artaud: “No ha quedado demostrado, ni mucho menos, que el lenguaje de las palabras sea el mejor posible” pero entonces ¿qué hace Juan José? río, y me sumerjo en sus hermosas metáforas, la parte más amable del libro, e intento relajarme como se hace en una galería, porque se presiente, pese a que estamos rodeados de imágenes angustiantea que nos depara una estocada peor de salida… y así Camilo Egas, Jorge Velarde, Washington Iza…

Salimos del escritor-curador, y claro: “Canción de Autor. En la Iglesia Evangélica de la Eternidad, 2008…”. ¡Ya se imaginarán! lEl poeta reflexiona, endiablado con la vida, reluce su inconformidad, su verdad sacrílega y un paraíso que parece alcanzar sólo con pastillas. De pronto, pasas la página, las metáforas dejan el entablado, el moho, cambian su forma y se vuelven ultracontemporáneas:

II
“Bam. El ojo ve muertos. No ve la muerte: procesos industriales, tejidos metabólicos del silencio. Bam. La muerte es una pulserita folklórica. Bam. El arco de estrellas, el carcaj de un día desesperado, de un grito abolido en la pared (noir) de la noche (noir) o la velocidad (noir) de los mundos golpeados, de las muchedumbres en la puerta donde un niño no sabe a dónde ir, donde no sabe”.


Otra vez… repite, otra vez, enloquece, el título, como estribillo: “PEQUEÑO ULTRAVIOLETA DICE. Enero 18, 2008: 17:00-23:55” (con fecha, cambian la hora y el minuto, marcan, desesperantes) Aquí luego de un intenso y agobiante viaje interno en la primera parte, hay un intento de evasión visual, parece que la televisión, que la pantalla de computadora puede redimir pero no… causa el efecto contrario, nos arrastra a todos: “Dormir en las ingles de mi madre. Promesa de tumor. Pantallas plasma. Vendrá nuestro señor de las pantallas plasma”.

Y cuando quiere anclar en la realidad lo que se encuentra uno es con referencias a un mundo decadente, donde se le escapa su sensibilidad, porque parece que con el niño a quien lleva en el auto es, primera y última vez en el libro, un ser preocupado en el resto: “Dos puentes. Niño escuálido. Llora. Sin billetes para llegar. Es miserable el vientre con hambre. El dinero hace la realidad. Cuando lo llevo en mi auto lleva su rostro. Pálido y amarillo. De pronto se siente acompañado. Y grita: “Estuve en un campo vacío en cada molécula del mundo”. No le creo. Pero su codo es esquelético. Pero su lengua no discute. El paisaje deviene un gotero de tiempo. Ambos somos miserables. Quizás le creo. Una iglesia adventista. Tres puentes.

¿Pero estuvo en Cuenca llevando a un niño miserable? ¿o lo vio por televisión junto a la masacre de Ruanda que nombra…? ¿Cómo saber si se declara en Zapping, comiendo McDonald’s?: “En mi boca grasa de luz escurre. En brillante, un hipermercado del mundo. No hay mente” remata, la imagen, sólo una, ¿cómo no pensar lo que pensé? invenciones o misterios: “canal aleph el mundo”.

En esta parte nos damos un recorrido por la sociedad comercial, él mismo se convierte en cámara… pero siempre está: “Comprando. Adquiriendo la muerte en objetos plásticos saturados de realidad y marcas taiwanesas”. Una solución drástica: “efecto de silencio ante la fractura del cielo zen, de grageas zen y el vacío”.

“TU CÉLULA QUE EXPLOTA-HOSPITAL DEL VIENTO”: En esta, que considero una última parte. ¿El protagonista? no puede con el mundo, nos arrastra a un hospital fantasmagórico, a un rendirse, la maquinaria médica, no calma el dolor que acompaña todo el libro, incluso en su parte museo: hay pocas posibilidades, morfina, tomografías, una canción de despedida: “Por la mañana, el médico me dice: “tiene una enfermedad en la cabeza como un otoño inhabitable”. Yo también lo sospecho”.

Exceso de pastillas, sueña con destruirse, hasta que, por fin, la cámara de resonancias muestra las imágenes —siempre imágenes, barridos— de una piedra de la locura, un quiste. Un médico-poeta que quiere consolar quiere, quiere, quiere, un adiós ¿para quién?, la última parte del libro: un homenaje a un poeta ruso… ¡Ironías!

Quedan por este recorrido irreal, a saltos e interpretaciones, muchas interrogantes, pero sobre todo creo que Rodríguez pone en nuestras manos un libro virulento, contagioso, peligroso.

¡CAUTION! Sí, lectores, pasadas las primeras impresiones, perdido el miedo a ciertas exquisiteces, que en secreto odiamos o envidiamos, la obra nos conecta como en automático a un estado sin ninguna cordura, ni consideración. Amarán llegar al museo y se retorcerán como el poeta cuando se mira, porque su enfermedad, es la nuestra: la finitud, el pensamiento que pensado es carga, preguntas, dolor, se olvida el mundo que cuando se mira causa vértigo, se piensa hacia adentro, se palpa la inconformidad, hasta el último átomo ¡Eso es lo peor que se puede hacer si se quiere ser feliz! pero JJ sabe que la felicidad no es la estupidez, aunque sería bueno que lo sea.

Les invito a sacar, pues, sus propias conclusiones…


* Texto leído en la presentación del 10 de diciembre de 2010, en la Casa de la Cultura de Cuenca. Tomado del blog Hay que decir.

Comentarios