
YO, YO, YO...
Yo Claudio, es un best seller de los años 30 del inglés Robert Graves y que pone en escena la vida del cuarto emperador romano: Claudio, en el año 40 DC. La intriga se centra en cómo el protagonista, aparentemente el menos hábil de su familia, tartamudo y afectado por la poliomelitis llega a convertirse en la máxima autoridad del imperio romano. Robert Graves señaló en una entrevista que el propio Claudio se le apareció en sueños y le exigió que narrara en primera persona la verdadera historia, su verdadera historia. De hecho, se sabe que Claudio, el emperador, escribió una autobiografía en ocho libros pero que esta se extravió y ni uno solo de los libros fue encontrado. La novela de Graves comienza en la cueva de la sibila, una especie de pitonisa, de bruja que predecía el futuro y a la que Claudio visita. Esta mujer fantàstica le revela que su vida sería escrita por otra persona 1900 años màs tarde, y con eso Claudio comprende que la sibila le está prometiendo la posteridad. Sin embargo, hay en la novela un tono constante de fatalismo en la voz de Claudio, frente a este, el lector tiene el rol del confidente, tiene la impresión de que el emperador está constamente confiándole los secretos de su vida.
YO, Doherty, ha ejercido en mí la misma dinámica de la intimidad, del voyeur que tiene acceso al secreto prohibido, he sentido que he logrado infiltrarme en el cotidiano, en la vida interior del otro que no es normalmente inaccesible. Un otro que aunque no sea un emperador es sin embargo una polémica figura mediàtica, una especie de estrella fugaz del rock.
Peter Daniel Doherty creció como el adolescente que màs que marginal, es el adolescente marginado. Es un jovenzuelo granujiento, flaco y sin gracia, apasionado por la poesìa, capaz de citar a Yeats o a Wilde de memoria. Osea, todo lo que menos le interesa a los adolescentes de hoy, y que hacían de Peter el lorna, el nerd por excelencia. Al comienzo del libro, sobretodo, Doherty se describe a sí mismo como un gato atropellado, un diseño mal acabado, un tipo deslucido. Pero frente a esta imagen despectiva y bufonesca de Doherty se articula ràpidamente
y también desde las primeras pàginas, un contrapunto a la fragilidad : no un YO, sino un súper yo, el pronombre en la primera persona escrito en mayùsculas, el superyó freudiano idealizado: leemos desde la primera pàgina “Yo soy Doherty, El gran hombre, El gran amor de Moss”. El narrador de este libro, la voz poética es pues doble, dual y entrampada en una constante tensiòn: la del pasado del joven marginado, del pisado frente al presente del caíd, del cabecilla, del bacàn. Un tipo torpe y salvaje en la medida exacta como para inquietarnos y deslumbrarnos. Doherty
no solamente ha cambiado sino que ademàs es el gran amor de la sùper estrella, la mujer màs deseada por todos los hombres, la perfecta Kate Moss. Esta duplicidad, la del Doherty fràgil y la del YO poderoso, aparece también explìcitamente. En la tercera pàgina se lee este espléndido verso: Cómo no he de creer en el ser ideal duplicado. Efectivamente, YO, Doherty se confunde con su amada amante: Kate Moss. Los roles son muy ambiguos. En algùn momento asistimos a una imagen, en la que Doherty declara no ser sino un complemento de la feminidad
de Moss. Es ella la que domina a pesar de ser él el que fecunda. Moss es descrita de manera casi mitológica: un ser luminoso llegado desde el sol, es una celula no inventada, es furiosa, inmejorable. Moss dice la voz poética en la pàg. 18: resume en ella al mundo entero. Cómo no pensar en el poema que el poeta barranquino César Moro le dedica a su amante mexicano Antonio, y que termina de manera grandiosa afirmando que Antonio es dios y que México crece alrededor de Antonio. La Kate Moss que habita estas pàginas es igual de
divina y poderosa, con una testosterona suficiente como para que Doherty eyacule todo el amor del mundo al verla. Es imposible quedarse (cito)“inmovil ante tanta perfección y no convulsionar ante la furia de su especimen”(P.16). La mujer idealizada por la voz de Doherty a lo largo de este libro es totalmente equiparable a esa fémina utópica e inalcanzable imaginada por Breton, o por Eluard y por el resto de surrealistas. Sin embargo, la Kate Moss, la Kate Musa de YO, Doherty si bien es poseedora de todos los atributos de la feminidad, es también un ser
ambiguo y devorador, que posee la seguridad y la fortaleza del macho (P.43). Es finalmente un ser doble y equívoco, que forma con Doherty una pareja confusa y oscura: Moss es Doherty, Doherty es Moss. Hay, no obstante, un tercer mosquetero. El ùnico quizàs capaz de competir en algo con Moss. Aquel que le enseñó a Peter Doherty a tocar la guitarra y a fumar marihuana: Carl Barat. En el centro del libro hay tres pàginas que son como el estribillo de la canciòn, la piedra angular de la armonìa, un poema rìo dedicado al amigo/amante: un himno a la amistad absoluta, una constancia de un amor a muerte, para retomar otra vez un tìtulo de César Moro. Carl Barat y Peter Doherty se conocieron hacia los 18 años y juntos formaron una mítica banda de rock: The Libertines; se trató de la aventura típica del rock, que terminó en escándalo con Peter en la càrcel luego de haber destrozado la casa de su amigo. Esta historia es una especie de ADN original en el turbulento mundo del rock alternativo. Si no hubiese navíos tambaleantes como Peter y Carl, conducidos en medio de la fiebre y el estupor, no habría mitología y leyendas urbanas. En Yo,Doherty se convoca el deseo y se invoca la urgencia de vivir ràpida y
apasionadamente cuando la voz poética evoca a Carl Barat el entrañable amigo (P. 30). Una amistad que, en realidad, es casi perfecta, porque la enumeraciòn laudatoria, el salmo de alabanzas dedicado a Carl Barat tiene un lìmite y se llama Kate Moss. El final del poema a Carl Barat se termina curiosmante: “Perfecta es su amistad.[...] Como esas rosas. Como las rosas. No. Como las rosas no. Como las rosas es Moss.”
Antes de este breve paréntesis Moss había aparecido mítica, casi mística, etérea (P.22). Moss es la musa inalcanzable por excelencia. Esta descripciòn me hace pensar en la de Catalina Micaela, hija del Rey Felipe II descripción hecha por el poeta colombiano Alvaro Mutis en su libro Crónica Regia. El poeta vio una vez un cuadro de Catalina que habìa vivido cuatro siglos antes y quedó perdidamente enamorado de ella, estos versos traducen su fascinaciòn: “Torno a mirar el lien
zo, y me invade un casi anónimo recato, un deseo insensato de sacarla del mudo letargo de los siglos y llevarla del brazo e invitarla a perdernos en el falaz laberinto de un verano sin término”. Uno esperaría de Doherty, el rockero, el drogadicto, el laberintoso y violento, una poesía cruda a lo beat generation, unos versos desenfadados tipo Borroughs, una sarta de palabras soeces que rompan la clàsica beatitud poética como haría Gregory Corso, Kerouac o Ginsberg. Contrariamente, el yo poético que ha estructurado Giulian Gutié es uno casi contemplativo, que según mi opinión, sin dejar de ser carnal y extremadamente sensual es también un yo poético màgico y ritual que se deslumbra ante la fuerza del amor que profesa devotamente Doherty por la sublime Moss. Alvaro Mutis dice: “Creo que la poesía sucede en esferas, en mundos herméticos superiores a nosotros y que nos trascienden. El que no crea en una trascendencia en el trabajo poético, está perdido. Creo que la poesía es realmente mágica y esencialmente ceremonial.” Y añade el poeta colombiano: “La poesía nos conduce hacia esa otra orilla en donde la cotidiana realidad nos sorprende al convertirse en un mundo en donde to
do cobra un sentido trascendente y se ilumina con un aura que le concede una suerte de eternidad”. Si bien YO, Doherty comienza como una búsqueda desenfrenada del placer inmediato, las ùltimas pàginas destilan una sensación de tregua, de humildad frente a la derrota (P.52, 53)
Después de leer esto, me conforto en la idea de que la poesía es una especie de oración, màs allà de cualquier religión, una especie de ruego insistente para aferrarnos por lo menos un poco a la vida, una especie de imprecación que nos dé durante 5 minutos la sensación de algo eterno o que por lo menos está destinado a durar. Justamente YO, Doherty es un libro o una intervención como diría su autora, estructurado en base a listas que salmodian, a nutridas enumeraciones de objetos, a listados de cualidades, que intuyo tienen como objetivo echar un ancla en la realidad inasible. Es cierto que al leer se sospecha una voluntad de acumular palabras tras palabras que si bien tienen mucha mùsica, finalmente, creo yo, no cumplen sino un fin: dar carnalidad a la pa
sión de estos dos personajes y de hacerlos uno solo: YO. Ese YO dual que mencioné al inicio de mis comentarios y que a pesar de tener un tono bastante fatalista tiene también una curiosa fe en la actualidad, en la tecnología, en la moda, en la ropa, en los artefactos. Es inevitable no pensar en Guisseppe Ungaretti, el vate italiano, padre del futurismo que destruyó el verso y creó nuevos ritmos. Giulian Gutié tiende como Ungaretti a la palabra desnuda, a la palabra pegada a la realidad con un estilo libre de incrustaciones literarias y que ademàs se preocupa por la
disposición gràfica de los versos al puro estilo de los futuristas de comienzos del siglo XX. YO, Doherty es pues el tema, es la palabra, pero es también el libro. Entiendo bien cuando Giulian Gutié prefiere que se hable de proyecto màs que de libro. YO, Doherty es entonces un proyecto cuyo fin ùltimo es inquietar, inquietar sobretodo al lector. La lectura se ve atravezada por manchas de sangre, borrones, dibujos, pàginas casi en blanco, grafías diversas. Es un objeto que interpela, que no te deja tranquilo, me hace pensar, guardando las distan
cias, en los 5 metros de poemas de Oquendo de Amat y su vocación lùdica e innovadora. Pero aquí se une una vocación màs, una vocación cuya clave està dada por el epìgrafe sibilino y profético que es uno de los màs arteros versos de José Watanabe: La mucha belleza me hace siempre perverso. Debo confesar que el amor desenfrenado de Doherty y la perfidia de Moss me han cautivado. Porque ademàs el final del libro es el màs honesto que uno pueda imaginar. El amor, la derrota del amor, el fracaso, la perversidad no son sino àngulos de una misma humanidad: “Yo, Doherty, confieso ser un humano”.
YO, Doherty de Giulian Gutié, Cascahuesos Editores, Arequipa, 2010
(Foto: Presentación de YO, Doherty en Libreria YS, Lima 2010. De izq. a der. Jesus Martínez, Giulian Gutié, Javier Arevalo)
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