MUTATIS MUTANDI. José Güich sobre “Teoría de los cambios” de Enrique Verástegui, en su columna Tren de aterrizaje.


De las voces que incendiaron la escena en los tempranos setenta, son escasos poetas los capaces de ejercer gravitación sobre el curso que la nave seguiría más tarde. Pimentel y Mora, probablemente, por la trascendencia de sus primeros libros, quedarán como referencias indudables de ese periodo de estallidos, provocaciones al establishment académico y mutación de las sensibilidades. El tercero será Enrique Verástegui (Lima, 1950). En los extramuros del mundo (1971) supuso un hito de la poesía de su tiempo. Hoy, ese texto mantiene su vigencia.

Teoría de los cambios (Cascahuesos/Sol Negro, 2009), el nuevo libro de Verástegui, es una inmejorable ocasión para evaluar qué tanto sobrevive del visceral periplo iniciado hace casi cuatro décadas. Porque mucha agua turbulenta corrió bajo los puentes. Aún sobresale una escritura abierta al asombro y a la contemplación de lo real, como en “Atardecer en La Molina” o “Visiones místicas en Huanchaco”, es decir, el Verástegui genuino y abundante. Son textos donde lo prosaico y la búsqueda trascendental se fusionan con resultados originales.

También son destacables algunas de las composiciones más breves, a la manera del minimalismo oriental (de gran influencia en toda la obra del poeta afincado tanto tiempo en Cañete, adonde los jóvenes acudían en peregrinación para visitarlo, cual santo pagano). Estas figuran en un segmento titulado “Avatar: Epístola a las discípulas de Krisol”. Los trabajos mejor acabados de ese conjunto suelen ser aquellos que intentan captar esas “iluminaciones” dignas de un discípulo tan aprovechado de Rimbaud. Versos simples, pero labrados con sutileza.

Las caídas se producen en los poemas que derivan de los planteamientos intelectuales del autor, vinculados con la matemática, la lógica y la filosofía. Esto no significa que tales temas no puedan ser transferidos a esas texturas. Pero la previsibilidad y cierto desgaste en la apuesta impiden el brillo acostumbrado, a diferencia de los versos donde Verástegui arroja todo sin racionalidad interpuesta.

Incluso así, los mejores pasajes del volumen valen la expectativa previa. Un solo instante de comunión orgásmica con el mundo es todo lo que se necesita.

*Extraido del diario Correo (06-09-09).

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