Cascahuesos Editores es una editorial independiente (o alternativa) de la periferia peruana. Fue fundada el 16 de octubre de 2007 en la ciudad de Arequipa, Perú, y ha tenido un constante crecimiento dentro del ámbito nacional e internacional gracias al esfuerzo que ha venido realizando con publicaciones periódicas de libros de narrativa (cuento y novela), ensayo y, en especial, de poesía, de algunos de los escritores más importantes de Latinoamérica, tales como Carlos Germán Belli (Perú), José Kozer (Cuba), Vladimir Herrera (Perú), León Félix Batista (República Dominicana), Yuri Vásquez (Perú), Alexis Naranjo (Ecuador), Raúl Bueno (Perú), Ernesto Carrión (Ecuador), Edgar Guzmán (Perú), Felipe García Quintero (Colombia), Enrique Verástegui (Perú), Luis Carlos Mussó (Ecuador), Domingo de Ramos (Perú), y a la vez, apoyando a escritores jóvenes latinoamericanos de gran proyección. Nuestro catálogo comprende hasta la fecha más de 70 títulos. Su presencia en el ámbito latinoamericano también se ha dado gracias a su activa participación en muchas ferias internacionales tales como la FIL Lima, FIL Quito, FIL La Paz, FIL Santo Domingo, FIL Guayaquil y FIL Arequipa, además de haber sido seleccionada para asistir, en mayo de 2014, al primer MICSUR (Mercado de Industrias Culturales del SUR) realizado en la ciudad de Mar del Plata en Argentina.

17.11.10

Un POEMA es mi NEGATIVA a entender el LENGUAJE: FUNDACIÓN DE LA NIEBLA de Ernesto Carrión


Por Paul Guillén

QUISIERA EMPEZAR ESTA PRESENTACIÓN CON DOS DATOS TAL VEZ CIRCUNSTANCIALES: El primer dato es que en el año 2007 tres poetas peruanos de los más importantes, publicaron libros que en sus títulos estaba incluida la palabra NIEBLA, hasta en un semanario local, alguien firmó una nota intitulada algo así como “un año de niebla” o “poesía de niebla”, me refiero a los libros: En el hocico de la niebla de Jorge Pimentel, Banderas detrás de la niebla de José Watanabe, y Como un carbón prendido entre la niebla de Antonio Cisneros. Empezando el 2008, Leopoldo Chariarse, otro poeta peruano importante, nos entregaría la antología Resplandor en la niebla. El segundo dato es que el libro Fundación de la niebla de Ernesto Carrión empieza con un epígrafe del poeta camerunés Paul Nyunai, lo cito: “Y te obstinas en buscarme fuera de ti / Allí donde no puedo estar / Soy tú en ti / La unidad increada”, se trata de unos versos del poema “Suprema esencia”. Quería hace este comentario, porque soy admirador de los poetas que se llaman Paul, ¿por algo será, no? por ejemplo entre mis poetas Paul favoritos están: Paul Celan, Paul Éluard, Paul Valéry, Paul Verlaine, y ahora gracias a Ernesto Carrión, Paul Nyunai.

Antes de empezar mi comentario sobre el libro de Ernesto quisiera decir algo muy general sobre la poesía ecuatoriana: es poco conocida y frecuentada en el medio literario peruano, cuando debería ser al revés debido a nuestra cercanía geográfica. Algunos esfuerzos se han desplegado con antologías binacionales Perú-Ecuador de poesía y cuento. Una de ellas es Álbum de arena, coordinada por Ernesto Carrión y Maurizio Medo; otra antología se titula simplemente Poesía Perú-Ecuador y fue preparada por el poeta peruano Carlos Villacorta. En ese sentido, el año pasado la editorial Alfaguara publicó la Antología de poesía. Literatura de Ecuador, selección de Iván Carvajal y Raúl Pacheco, el libro incluye desde poetas modernistas como Medardo Ángel Silva, poetas vanguardistas como Hugo Mayo, pasando por los más conocidos en el ámbito latinoamericano Jorge Enrique Adoum, Jorge Carrera Andrade y César Dávila Andrade, hasta poetas últimos como Ernesto Carrión y Juan José Rodríguez. En esa antología también podemos leer a Alfredo Gangotena, poeta relativamente conocido en el Perú, es un caso similar a César Moro, gran parte de su poesía la escribió en francés, y mantuvo una fructífera amistad con poetas, pintores y cineastas como Henri Michaux, Jules Supervielle, Jean Cocteau o Max Jacob. Uno de los descubrimientos notables, por lo menos para mí, en esa antología es la poesía de Gonzalo Escudero, poeta al que he leído con sumo placer, y me desconcierta su poca resonancia fuera de las fronteras de su país, cuando debería ser considerado como uno de los poetas latinoamericanos de primera línea. Digo esto para problematizar la idea generalizada que la poesía ecuatoriana no tiene una fuerte tradición literaria, cuando escucho eso se me viene a la mente la poesía de Escudero y Gangotena, y no puedo dejar de pensar lo contrario, creo que la poesía de Carrión va por esos caminos. Me interesa en demasía la poesía de Carrión, sobre todo que un poeta como Raúl Zurita ha expresado que es “uno de los poetas imprescindibles de la ya extraordinaria generación de poetas latinoamericanos”. De acuerdo, es una extraordinaria generación. Títulos como Demonia Factory o La muerte de Caín de Ernesto Carrión, así, lo confirman. Pero también otros títulos como Coma de Héctor Hernández Montecinos, Síncopes de Alan Mills, Frágiles trofeos de Jerónimo Pimentel, Lesley Gore en el infierno de José Carlos Yrigoyen, Degenerativa de Alejandro Tarrab, Cabaret Provenza de Luis Felipe Fabre, Muletología de Juan Salzano o Doxa de Ezequiel Zaidenwerg, por mencionar unos cuantos.

Ahora sí, quisiera comenzar mi comentario sobre el libro de Ernesto. Fundación de la niebla de Ernesto Carrión empieza su recorrido con el verso: “un libro quebrado como un verso al final de la hoja”, este rompimiento, esta quebradura, esta partición nos lleva a pensar en una unión entre la materialidad del libro (el papel, la tinta) y el cuerpo (la carne, la sangre). Papel, tinta, carne y sangre están quebrados dentro del libro y el mundo. Este quebrarse también se ha producido en la cabeza del poeta. Es un poeta quebrado que nos invita irremediablemente a asistir a una horrible fiesta, donde la niebla es una gran masa de cuerpos no individualizados: “éramos 400 millones de rostros / fundiéndose en la niebla”. Esta gran masa o turba que es: “UN SOL DE ÓRGANOS INFINITOS TENDIDO / BAJO PEDAZOS DE BLANCO CIELO”, hará que el poeta pierda su nombre y su identidad: “y desparecieron tu nombre”. Todo esto ocurre, porque el poeta y la turba tienen una herida en la cabeza, ¿se habrá producido una lobotomía? La lobotomía de la cultura y la ignorancia me pregunto yo. Un aspecto importante es que el poeta se vale de cierta imaginería bíblica y apocalíptica, para situar los poemas, mediante esa barrera en contra de la racionalidad utilitarista e instrumental, pensemos en los títulos de sus anteriores libros La muerte de Caín, Demonia factory, La bestia vencida, etc. En Fundación de la niebla existe la idea y el símbolo de la “cabeza” que quiere huir de esa lógica: “cabeza que no duerme en su cabeza / para sentirse viva”. Y aún es más cuando el poema se dirige a la “cabeza” le dice: “Pero aún tú y yo no conocemos nada de este mundo”, el poeta y la cabeza están fuera del mundo salvaje en el cual vivimos, hay una partición entre el cuerpo y la cabeza. Estas imágenes de la cabeza y del cuerpo, me hacen recordar las fotografías tan poderosas de Joel-Peter Witkin, donde sale un hombre sin cabeza, esta situación de que el cuerpo no es uno con la cabeza le lleva al poeta a preguntarse sobre lo que es un hombre: “¿somos un hombre —cabeza—? / ¿qué es un hombre?”. Esta desunión entre lo corporal y la cabeza (el logos) resulta en que el cuerpo le pide a la cabeza que le dé un poema negro. Esta incompatibilidad entre el cuerpo y la cabeza se torna más explícita más adelante: “odio despertar junto a ti y odio tus sueños —cabeza—. / soy sólo feliz cuando has bebido tanto y tanto que no / recuerdas mi nombre: un ataúd, que cargas en silencio, / lleno de fantasmas”, por un lado, la cabeza estaría conjeturada como el lugar del logos, del sueño y la imaginación, en tanto, el cuerpo es un lugar, donde imperan los fantasmas y la culpa, esto daría como resultado una disyunción entre lo sensorial, lo sensual y el raciocinio. Por un lado, a la cabeza le dolería tener un cuerpo, por eso, necesita embriagarse para olvidarse del cuerpo, y por otra parte, en tanto cuerpo odiaría tener esa cabeza, la cual le hace sentir dolor y desesperación. Es un infierno esa situación de ser “cabeza” y “cuerpo” escindidos. Al cuerpo lo que le queda es tratar de reconocerse para saber si existe y recobrar su nombre: “voy a trazar un círculo sobre mi cuerpo para encontrar / mi cuerpo Voy a trazar un círculo sobre mi / cuerpo para ubicar el territorio desde el que escribo (…) Voy a trazar un círculo sobre mi cuerpo / para alumbrar mi nombre”.

Teoría del poema: LA LEPRA ES LA ESCRITURA “escribir para no ensanchar más la mirada entre el / objeto y nosotros”, y “Toda mi vida he escrito / como si fueran mis últimos minutos. Líneas sin sentido / en las que trazo el mapa de agua de un organismo muerto”. LOCURA, VIDENCIA, POESÍA. Me refiero en general a las partes II y III del libro, me quedo con la idea que Ernesto concibe a la poesía como fotografía, pero una fotografía de seres incompletos: “un caballo incompleto que acaba de salir del túnel de los retratos”, una fotografía que dé cuenta de lo sobrenatural dentro de lo cotidiano: “Un violín respirando / en la mano de un muerto”.


*Fuente: Letras.s5. En la imagen: Paul Guillén, Ernesto Carrión y José Córdova, en la presentación del libro en la XV Feria Internacional del Libro de Lima.

12.11.10

YO, DOHERTY de Giulian Gutié por Jesus Martínez Mogrovejo



YO, YO, YO...


Yo Claudio, es un best seller de los años 30 del inglés Robert Graves y que pone en escena la vida del cuarto emperador romano: Claudio, en el año 40 DC. La intriga se centra en cómo el protagonista, aparentemente el menos hábil de su familia, tartamudo y afectado por la poliomelitis llega a convertirse en la máxima autoridad del imperio romano. Robert Graves señaló en una entrevista que el propio Claudio se le apareció en sueños y le exigió que narrara en primera persona la verdadera historia, su verdadera historia. De hecho, se sabe que Claudio, el emperador, escribió una autobiografía en ocho libros pero que esta se extravió y ni uno solo de los libros fue encontrado. La novela de Graves comienza en la cueva de la sibila, una especie de pitonisa, de bruja que predecía el futuro y a la que Claudio visita. Esta mujer fantàstica le revela que su vida sería escrita por otra persona 1900 años màs tarde, y con eso Claudio comprende que la sibila le está prometiendo la posteridad. Sin embargo, hay en la novela un tono constante de fatalismo en la voz de Claudio, frente a este, el lector tiene el rol del confidente, tiene la impresión de que el emperador está constamente confiándole los secretos de su vida.

YO, Doherty, ha ejercido en mí la misma dinámica de la intimidad, del voyeur que tiene acceso al secreto prohibido, he sentido que he logrado infiltrarme en el cotidiano, en la vida interior del otro que no es normalmente inaccesible. Un otro que aunque no sea un emperador es sin embargo una polémica figura mediàtica, una especie de estrella fugaz del rock.

Peter Daniel Doherty creció como el adolescente que màs que marginal, es el adolescente marginado. Es un jovenzuelo granujiento, flaco y sin gracia, apasionado por la poesìa, capaz de citar a Yeats o a Wilde de memoria. Osea, todo lo que menos le interesa a los adolescentes de hoy, y que hacían de Peter el lorna, el nerd por excelencia. Al comienzo del libro, sobretodo, Doherty se describe a sí mismo como un gato atropellado, un diseño mal acabado, un tipo deslucido. Pero frente a esta imagen despectiva y bufonesca de Doherty se articula ràpidamente

y también desde las primeras pàginas, un contrapunto a la fragilidad : no un YO, sino un súper yo, el pronombre en la primera persona escrito en mayùsculas, el superyó freudiano idealizado: leemos desde la primera pàgina “Yo soy Doherty, El gran hombre, El gran amor de Moss”. El narrador de este libro, la voz poética es pues doble, dual y entrampada en una constante tensiòn: la del pasado del joven marginado, del pisado frente al presente del caíd, del cabecilla, del bacàn. Un tipo torpe y salvaje en la medida exacta como para inquietarnos y deslumbrarnos. Doherty

no solamente ha cambiado sino que ademàs es el gran amor de la sùper estrella, la mujer màs deseada por todos los hombres, la perfecta Kate Moss. Esta duplicidad, la del Doherty fràgil y la del YO poderoso, aparece también explìcitamente. En la tercera pàgina se lee este espléndido verso: Cómo no he de creer en el ser ideal duplicado. Efectivamente, YO, Doherty se confunde con su amada amante: Kate Moss. Los roles son muy ambiguos. En algùn momento asistimos a una imagen, en la que Doherty declara no ser sino un complemento de la feminidad

de Moss. Es ella la que domina a pesar de ser él el que fecunda. Moss es descrita de manera casi mitológica: un ser luminoso llegado desde el sol, es una celula no inventada, es furiosa, inmejorable. Moss dice la voz poética en la pàg. 18: resume en ella al mundo entero. Cómo no pensar en el poema que el poeta barranquino César Moro le dedica a su amante mexicano Antonio, y que termina de manera grandiosa afirmando que Antonio es dios y que México crece alrededor de Antonio. La Kate Moss que habita estas pàginas es igual de

divina y poderosa, con una testosterona suficiente como para que Doherty eyacule todo el amor del mundo al verla. Es imposible quedarse (cito)“inmovil ante tanta perfección y no convulsionar ante la furia de su especimen”(P.16). La mujer idealizada por la voz de Doherty a lo largo de este libro es totalmente equiparable a esa fémina utópica e inalcanzable imaginada por Breton, o por Eluard y por el resto de surrealistas. Sin embargo, la Kate Moss, la Kate Musa de YO, Doherty si bien es poseedora de todos los atributos de la feminidad, es también un ser

ambiguo y devorador, que posee la seguridad y la fortaleza del macho (P.43). Es finalmente un ser doble y equívoco, que forma con Doherty una pareja confusa y oscura: Moss es Doherty, Doherty es Moss. Hay, no obstante, un tercer mosquetero. El ùnico quizàs capaz de competir en algo con Moss. Aquel que le enseñó a Peter Doherty a tocar la guitarra y a fumar marihuana: Carl Barat. En el centro del libro hay tres pàginas que son como el estribillo de la canciòn, la piedra angular de la armonìa, un poema rìo dedicado al amigo/amante: un himno a la amistad absoluta, una constancia de un amor a muerte, para retomar otra vez un tìtulo de César Moro. Carl Barat y Peter Doherty se conocieron hacia los 18 años y juntos formaron una mítica banda de rock: The Libertines; se trató de la aventura típica del rock, que terminó en escándalo con Peter en la càrcel luego de haber destrozado la casa de su amigo. Esta historia es una especie de ADN original en el turbulento mundo del rock alternativo. Si no hubiese navíos tambaleantes como Peter y Carl, conducidos en medio de la fiebre y el estupor, no habría mitología y leyendas urbanas. En Yo,Doherty se convoca el deseo y se invoca la urgencia de vivir ràpida y

apasionadamente cuando la voz poética evoca a Carl Barat el entrañable amigo (P. 30). Una amistad que, en realidad, es casi perfecta, porque la enumeraciòn laudatoria, el salmo de alabanzas dedicado a Carl Barat tiene un lìmite y se llama Kate Moss. El final del poema a Carl Barat se termina curiosmante: “Perfecta es su amistad.[...] Como esas rosas. Como las rosas. No. Como las rosas no. Como las rosas es Moss.”


Antes de este breve paréntesis Moss había aparecido mítica, casi mística, etérea (P.22). Moss es la musa inalcanzable por excelencia. Esta descripciòn me hace pensar en la de Catalina Micaela, hija del Rey Felipe II descripción hecha por el poeta colombiano Alvaro Mutis en su libro Crónica Regia. El poeta vio una vez un cuadro de Catalina que habìa vivido cuatro siglos antes y quedó perdidamente enamorado de ella, estos versos traducen su fascinaciòn: “Torno a mirar el lien

zo, y me invade un casi anónimo recato, un deseo insensato de sacarla del mudo letargo de los siglos y llevarla del brazo e invitarla a perdernos en el falaz laberinto de un verano sin término”. Uno esperaría de Doherty, el rockero, el drogadicto, el laberintoso y violento, una poesía cruda a lo beat generation, unos versos desenfadados tipo Borroughs, una sarta de palabras soeces que rompan la clàsica beatitud poética como haría Gregory Corso, Kerouac o Ginsberg. Contrariamente, el yo poético que ha estructurado Giulian Gutié es uno casi contemplativo, que según mi opinión, sin dejar de ser carnal y extremadamente sensual es también un yo poético màgico y ritual que se deslumbra ante la fuerza del amor que profesa devotamente Doherty por la sublime Moss. Alvaro Mutis dice: “Creo que la poesía sucede en esferas, en mundos herméticos superiores a nosotros y que nos trascienden. El que no crea en una trascendencia en el trabajo poético, está perdido. Creo que la poesía es realmente mágica y esencialmente ceremonial.” Y añade el poeta colombiano: “La poesía nos conduce hacia esa otra orilla en donde la cotidiana realidad nos sorprende al convertirse en un mundo en donde to

do cobra un sentido trascendente y se ilumina con un aura que le concede una suerte de eternidad”. Si bien YO, Doherty comienza como una búsqueda desenfrenada del placer inmediato, las ùltimas pàginas destilan una sensación de tregua, de humildad frente a la derrota (P.52, 53)

Después de leer esto, me conforto en la idea de que la poesía es una especie de oración, màs allà de cualquier religión, una especie de ruego insistente para aferrarnos por lo menos un poco a la vida, una especie de imprecación que nos dé durante 5 minutos la sensación de algo eterno o que por lo menos está destinado a durar. Justamente YO, Doherty es un libro o una intervención como diría su autora, estructurado en base a listas que salmodian, a nutridas enumeraciones de objetos, a listados de cualidades, que intuyo tienen como objetivo echar un ancla en la realidad inasible. Es cierto que al leer se sospecha una voluntad de acumular palabras tras palabras que si bien tienen mucha mùsica, finalmente, creo yo, no cumplen sino un fin: dar carnalidad a la pa

sión de estos dos personajes y de hacerlos uno solo: YO. Ese YO dual que mencioné al inicio de mis comentarios y que a pesar de tener un tono bastante fatalista tiene también una curiosa fe en la actualidad, en la tecnología, en la moda, en la ropa, en los artefactos. Es inevitable no pensar en Guisseppe Ungaretti, el vate italiano, padre del futurismo que destruyó el verso y creó nuevos ritmos. Giulian Gutié tiende como Ungaretti a la palabra desnuda, a la palabra pegada a la realidad con un estilo libre de incrustaciones literarias y que ademàs se preocupa por la

disposición gràfica de los versos al puro estilo de los futuristas de comienzos del siglo XX. YO, Doherty es pues el tema, es la palabra, pero es también el libro. Entiendo bien cuando Giulian Gutié prefiere que se hable de proyecto màs que de libro. YO, Doherty es entonces un proyecto cuyo fin ùltimo es inquietar, inquietar sobretodo al lector. La lectura se ve atravezada por manchas de sangre, borrones, dibujos, pàginas casi en blanco, grafías diversas. Es un objeto que interpela, que no te deja tranquilo, me hace pensar, guardando las distan

cias, en los 5 metros de poemas de Oquendo de Amat y su vocación lùdica e innovadora. Pero aquí se une una vocación màs, una vocación cuya clave està dada por el epìgrafe sibilino y profético que es uno de los màs arteros versos de José Watanabe: La mucha belleza me hace siempre perverso. Debo confesar que el amor desenfrenado de Doherty y la perfidia de Moss me han cautivado. Porque ademàs el final del libro es el màs honesto que uno pueda imaginar. El amor, la derrota del amor, el fracaso, la perversidad no son sino àngulos de una misma humanidad: “Yo, Doherty, confieso ser un humano”.


YO, Doherty de Giulian Gutié, Cascahuesos Editores, Arequipa, 2010




(Foto: Presentación de YO, Doherty en Libreria YS, Lima 2010. De izq. a der. Jesus Martínez, Giulian Gutié, Javier Arevalo)

4.11.10

CORTOMETRAJE de Yuri Vásquez por Juan W. Yufra


Todo libro expresa un gesto subversivo en la forma de acercarse a la realidad, de inversión o por lo menos proyecta —contra todo pronóstico— un acontecimiento inasible.

Cuando se reflexiona acerca de la literatura que acontece en Arequipa esta suele surgir con manifestaciones propias, inherente a su espacio; la misma que deviene en una expresión de tránsito: de una época a otra, de una postura estética —prudente— con su espacio tiempo histórico y generalmente enlazándose a la impronta del autor y de sus lectores ocasionales. En otras palabras, surge el paradigma del aislamiento del discurso literario.

Este aislamiento no sólo es cronológico, aquí no sólo se discute el carácter oficial que se le otorga a la narrativa en este caso, sino que responde a la ausencia de una comunidad literaria que haya podido reconocerse así misma en este cuerpo social —llamado cultura— en el que todos estamos inmersos, queramos o no. Por allí se dice que Arequipa es la tierra de los poetas; sin embargo, es su narrativa la que se proyecta con mayor solidez.

Esta ciudad no sólo fue el contexto para acoger a narradores sino que sirvió de discurso —incluso antagónico— para diversos planteamientos y no me refiero a Arturo Peralta que se fue de Arequipa muy joven y que construyó el famoso texto de El pez de oro cuando ya se llamaba Gamaliel Churata; o a Vargas Llosa que pasó su infancia en Cochabamba u Oswaldo Reinoso que a pesar de experimentar el epítome de la insurgencia narrativa en la segunda mitad de los años 50 sólo vuelve a esta comunidad con toda la distancia que ejerce el extrañamiento de sus obras; aquí deseo dejar en claro la gesta de aquéllos que “no existiendo” en la oficialidad desarrollan esa continuidad de la narrativa en Arequipa: Zoila Vega, Marcel Oquiche, Alfonso Bouroncle, Edmundo de los Ríos, Gastón Aguirre Morales, Federico Segundo Agüero, etc.

Es decir, Arequipa, siempre fue narrada. Incluso Hidalgo llegará a deslizar la idea de que “el cuento es una capital obra de arte” cuando publica su libro de cuentos Los sapos y otras personas en 1927. Por eso, no es sorpresa que exista un escritor como Yuri Vásquez que logra cohesionar esta tradición, esta continuidad dentro de los mecanismos de resistencia cultural en que vivimos, y que muchos llamamos posmodernidad o “desmantelamiento de ideologías” como diría Ricardo González Vigil.

Ahora, Yuri Vásquez es un escritor que se forma con la influencia que ejerce la contracultura y el revisionismo de los años 60 y 70 y ello no es una ecuación de negar por negar las construcciones convencionales de su periodo de formación, sino la expresión de una postura encomiable como creador pues ha sabido mantener una convicción ideológica y literaria que no se enreda o se opaca; sino que se manifiesta coherentemente, desde la metáfora de su lenguaje, en este libro de cuentos.

La década del 80 en la historia del Perú recién empieza a ser expresada por autores como Yuri Vázquez; no sólo me refiero a la ubicación cronológica o al carácter intrínseco de los años de violencia que se vivieron, sino al desgaste de los conceptos como el amor, la libertad y la retórica del “hombre nuevo”, pues, uno de los grandes aciertos de Yuri es haber contemplado la trascendencia de su época más allá de un gesto personal y egoísta.

En el cuento “Un blues en la noche” encontrarán este fragmento cuando el narrador intenta buscar una explicación de ese cuerpo imaginado llamado Lorena: De esta manera supo —por la música— que su alma debía ser sutil y sensible.

La sutileza de su palabra y la aparente fragilidad de sus historias no recurren a un lector extraviado en el consumismo sino recurren a un lector extraviado en su propio caos personal. El cuento “Pitecántropus Erectus o la tribu de los Ichipawa”, que apertura el libro, es una metáfora de aquel hombre que lleva la máscara de la modernidad más allá de su propia piel contemporánea.

Debemos de añadir que la música se convierte en un personaje adicional; el Jazz en este caso será la expresión de la melancolía, de la soledad que rodea a la mayoría de sus cuentos y que a su vez se convierten en una expresión de su poética narrativa.

Ahora, los temas que se abordan como la frustración, la violencia, el miedo, la utopía o la fraternidad no quedan aislados por un discurso gris que cede terreno y sacrifica su esencia a favor de la técnica sino que alcanzan altos niveles líricos en la mayoría de los casos, el mismo que es un eje distensionador en esta summa de “cortometrajes” que proyecta el texto.

Juan W. Yufra

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