
Mientras la poesía deriva con nuevas densidades manifestándose a través de formas, antes marginales. Mientras la crítica ensaya nuevas clasificaciones y taxonomías, obsedida en ordenarlas a través de nuevos sistemas y categorías —unos más abigarrados que otros— la escritura de Carlos Germán Belli, fiel y genuina, aparece, aparte de todo este desborde, hasta constituirse en uno de los territorios ineludibles si es que uno debiera referirse a la poesía hispanoamericana del siglo XXI.
Oscura comarca, qué duda. Ahí el lenguaje es tensado hasta el extremo: el habla que callejea se eslabona con el cultismo —a través de la refundación semántica—, con la sintaxis clásica —hasta quebrar su preceptiva— o con una genuina preocupación social. Se trata de uno, que por su construcción, diera la impresión de ser, simultáneamente otro: dialoga con los maestros del Siglo de Oro, y sin embargo se da maña para hablar con el ciudadano de a pie; es profusamente barroco, y sin embargo no deja de mostrar nuestro presente; ostenta una erudición en el manejo del idioma, y sin embargo lo pulveriza —incluso a punta de pura onomatopeya; domina con maestría las formas clásicas—, y sin embargo las arrastra hasta la más pura guturalidad.
Ocurre que Belli va edificando la realidad conforme la enuncia. Todo acontece en el habla —la de un amanuense “hipando/ hasta las cachas de cansado ya”; la de un hombre escéptico de la eficacia de las vitaminas “ni B ni C, que al diablo vayan todas,/ de una vez por los siglos y los siglos”; o de quien vislumbra “en el gabinete del gran más allá” la boda de la pluma y la letra. El yo —Belli o esa multiplicidad de conciencias, ocultas tras su máscara barroca— existe en la medida en que se “dice”. Incluso la blanca página “Aquella que nunca escribir se pudo” diera la impresión de estar(se) diciendo:
Aprisa inmóvil inmediatamente (sin duda es éste un pensamiento absurdo, pero da cuenta de quien llega pronto al mundo y yace fijo como un clavo metido eternamente en la madera).
Meditar sobre el habla —escribe Heidegger[i]— exige en consecuencia que entremos al hablar del habla para instalarnos en la morada del habla, es decir, en su hablar, no en lo nuestro. Pero ello es posible sólo a través de su corresponder: escuchar. Cada escuchar tiene su propio decir. Cuando Belli, el sujeto —sujetado—, calla, también se hace audible, pues inmediatamente “La voluntad materna/se inclina por la química precisa”; “y a salmodiar empiezan cada día una línea”; “y el oculto don nadie (que es Miguel de Cervantes)”; “mas solitario como día u olmo”; “cual un pobre amanuense del Perú”. Es decir su memoria, su observación y sus situaciones le toman la voz exigiéndonos no perder nunca la atención pues amalgama a toda la realidad en su melopea, sin perder nunca esa inconfundible dicción.
Su poesía es difícil, melodramática, de un narcisismo negro, impregnada de extraño humor, cáustica y cultísima… Nadie ha sabido encarnar con más estrafalaria originalidad que Carlos Germán Belli el destino del poeta, escribe Mario Vargas Llosa.
Y esto es cierto, como también lo es decir que muy pocos han permanecido en la poesía resistiendo “el alternado paso de los hados”, aún “con el pie sobre el cuello”, “por el monte abajo”, generando un lenguaje —y por ende una realidad, otra— qué decir, qué volver a decirle, al mundo.
Maurizio Medo.
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